La reapertura del Colón remozado evoca cierto gatopardismo. Los trabajos fueron profundos, acuciosos. Sin embargo, hoy el Colón luce tal como era el Colón, sólo que más pulido. Hay olor a pintura en sus corredores, el mármol de las escaleras brilla y en la sala las figuras del decorado parecen hablar más que antes. Eso, en cuanto a lo formal. Ahora, lo que es el sonido, está impecable. La acústica del Colón sigue siendo sensacional. Las 2.700 personas que fueron con invitación escucharon un programa con tres hits y un olvidado. La gala abrió con un teatro entero cantando de pie el Himno Nacional argentino, y luego aplaudiendo. Y en ese aplauso, Mauricio Macri, el jefe de gobierno de Buenos Aires, era el verdadero padrino. El público se daba vuelta a mirarlo. Luego vino el olvidado: "Danza" de "Huemac", del argentino Pascual de Rogatis, un intento nacionalista, a la manera de lo que puede haber hecho Manuel de Falla en España. Su orquestación, muy limpia, todas las líneas diáfanas. La Orquesta Filarmónica de Buenos Aires, dirigida por Javier Logioia, se escuchó muy bien en esta típica pieza de lucimiento por familias, con un arpa que le da sus tintes impresionistas. El concierto siguió con música del ballet "El lago de los cisnes" (Tchaikovsky), brillante por la persistencia en el uso de platillos. Más juguetona que romántica, al menos en el tercer acto, que fue lo que se presentó. El dúo de los solistas Silvina Perillo, en el rol de Odile, y Alejandro Parente, como el Príncipe Sigfrido, fue memorable. La gente estalló en aplausos, por lo menos tres veces. En la segunda parte, la Orquesta y el Coro Estables del Colón, más el Coro de Niños, también del teatro, todos estuvieron notabilísimos en el segundo acto de "La Bohème", bajo la dirección de Stefano Ranzani. En ese acto, es menor el lucimiento de los protagonistas Rodolfo y Mimí, pero Musetta, que fue interpretada por Nicole Cabell, tiene mucha importancia. El cuerpo coral estuvo magnífico; la régie de Hugo de Ana, preciosa. A nadie no le gusta "La Bohème". Es fascinante porque Puccini logra que sea teatralmente preciosa y musicalmente increíble. Así, el concierto se cerró como un triunfo artístico, pero también político para Mauricio Macri. A fin de cuentas, es la oligarquía de las pieles y los trajes que aplaude contra el peronismo. Un antiguo relato jasídico cuenta cómo el rabino del pueblo aconseja, a quien vive acuciado por el hacinamiento, introducir, en su casa ya pequeña, una cabra. Cuando después de unas semanas, por pedido del sacerdote, retira la cabra, su hogar le parece un paraíso. Nada más parecido a la reapertura del Teatro Colón, después de un cierre de tres años destinado a la etapa de refacciones que involucraría el escenario y la sala principal, y de una larga interrupción en las obras decidida precisamente por quienes ahora festejan como si se tratara de la concreción de un viejo sueño. En la tradicional velada del 25 de mayo -esta vez un día antes, para no superponerse con los festejos del enemigo Estado nacional-, y en el Bicentenario del primer gobierno de la región conformado sin la venia española, el teatro volvió a recibir al público. Un público muy especial, es cierto, conformado casi exclusivamente por políticos, empresarios y gente de la farándula. En una primera mirada tienen preeminencia, desde ya, las pequeñeces políticas, los malos manejos gubernamentales y las rencillas entre mandatarios locales y nacionales que llegaron al paroxismo cuando la Presidenta anunció que no asistiría y devolvió las 100 entradas que se le habían dado porque se sintió insultada por el jefe de gobierno de Buenos Aires que, por otra parte, no se disculpó, pero aseguró que Cristina de Kirchner debía ignorar la ofensa en razón de su investidura. Pero el Colón reabrió sus puertas. Y lo hizo en un estado que muy pocos recordaban. Mal mantenido durante casi toda su historia, ahora volvieron a aparecer relieves ignorados, colores ocultos tras la suciedad, transparencias opacadas por el tiempo y el descuido. Pero, sobre todo, como se mostró en el segundo acto de "La Bohème", de Puccini, que cerró la gala después de una pieza sinfónica, la "Danza" de "Huemac", de Pascual de Rogatis, y de fragmentos de un acto de "El lago de los cisnes", de Tchaikovsky, con el concurso del Ballet Estable de la casa y una deslumbrante Silvina Perillo como solista, porque el gigante volvió a respirar. Una puesta de Hugo de Ana donde se destacó, en sus breves intervenciones, Virginia Tola como Mimí y, sobre todo, Nicole Cabell en el papel de Musetta, puso de manifiesto esa clase de espectáculo -y de espectacularidad- de la que sólo un teatro como el Colón puede ser capaz.
Los cuerpos estables del coliseo -cuya acústica sigue intacta- deslumbraron ayer en su reinauguración. Aquí, un chileno y un argentino cuentan cómo fue la gala por dentro.
Suculento aperitivola Mirada chilena:
La Guerra del Pacìfico.
Hace 11 años
25 de mayo de 2010 a las 20:27
me parese muy bien que se agan actos culturales